(Crónica) Una noche de pánico en Parque Central Salitre de Bogotá

Por  Juan Carlos Niño Niño

A las 10 PM, una sirena rompió la tranquilidad de más de 15 años en el Parque Central Salitre de Bogotá, y me despertó exaltado para escuchar entonces gritos con angustia, pidiendo al unísono y con premura algo que no lograba entender, a lo que me levanté con rapidez y desde la ventana del sexto piso de mi apartamento vi gente con palos y varillas que corría de lado a lado por el corredor central al aire libre, entre los jardines y rodeado de torres, mientras en la espaciosa portería y a las afueras se agolpaba una desordenada multitud de gente.

En un acto instintivo, me vestí con premura y abrí la puerta del apartamento, en donde bajaban rápidamente personas con palos y  varillas, entre los que estaba un vecino de toda la vida, quien al preguntarle qué pasaba, paró unos instantes, me miró fijamente a los ojos y me dijo:

– Es mejor que baje… vándalos venezolanos tienen rodeado el conjunto residencial… se quieren entrar.

Lo primero que se me ocurrió fue coger el primer palo de escoba que encontré en el apartamento, bajé lo más rápido que pude por las escaleras, y al llegar al primer piso me paralicé de inmediato ante una señora de la tercera edad, totalmente extraviada, entre la puerta de la torre, los jardines y el corredor central, quien sin entender mucho lo que pasaba, miraba a todos los lados y se exponía a que la atropellara la fuerte corriente de la multitud, a lo que atiné de inmediato a acercarme, abrazarla para protegerla y dejarla a salvo en la antesala de la torre.

Al continuar mi camino, confieso que sentí mucho miedo. Un impulso de salir cuanto antes de ese caos y a la vez el sentido de responsabilidad de unirme a esa defensa comunitaria, pero sintiéndome aún más avergonzado de mi cobardía, cuando veía a una hermosa joven practicante de Medicina del Hospital San José, avanzando a paso firme con palo en mano al fondo del conjunto, en donde se decía a gritos que los delincuentes estarían saltando la reja, mientras algunos pedían también en voz alta que nos pusiéramos camisetas blancas, para poder establecer si algunos de los delincuentes efectivamente estaban dentro del Conjunto.

La alarma colectiva se agudizó cuando se escucharon gritos que varios delincuentes estaban pasando la reja de seguridad, más exactamante en el costado sur al frente de un caño oscuro y boscoso, que nos separa de la cancha de golf de Arturo Calle, contiguo al tradicional Parque de Los Artesanos, a lo que decidí armarme de valor y enmendar mi reciente acto de cobardía, avanzando con todos a la mencionada reja, encontrando a residentes montando guardia (sin ningún rastro de los delincuentes) y otros más osados buscando con palos y liternas a la orilla del caño, mientras que empezó a rondar un helicóptero de la Polícía, advirtiendo con altavoces que “estamos en toque de queda”.

Los residentes de las torres que daban al caño nos contaron que vieron sujetos desconocidos rondaron varias veces por el lado de afuera de la reja, a quienes gritaron cualquier cantidad de improperios, que ni se les ocurriera pasar la reja “porque los encendemos a plomo”, a lo que los sujetos se limitaban a verlos y continuar su camino, y no faltó quien se atrevió a cuestionar la tesis de los “vándalos venezolanos”, al decir que pudieron ser muchachos que usualmente meten marihuana en ese sector, y que todo esto no era más que una falsa alarma, cultivada por el temor colectivo a los desmanes del paro, pero otros se apresuraron a decir que efectivamente se les veía armados y con el propósito de entrar al Conjunto.

Al cabo de unos minutos estaba conformando la guardia de los custodios de la reja, que nos sacaba de la tensa calma y nos ponían en total alerta en el momento en que se escuchaban disparos a lo lejos y los de los pisos de arriba del edificio gritaban: allá van unos! se metieron por el caño, por el matorral, detrás de los árboles, cerca a las estrellas…!

El ambiente se distensionó cuando no se volvió a sentir la presencia de los “vándalos” venezolanos”, lo que propició una charla amena entre los residentes, que entre otros aspectos no éramos más que unos desconocidos entre si, porque lo absorbente de la vida diaria en Bogotá nunca nos permite conocernos, y que ahora los rezagos del caos nos dio para presentarnos, hablar del primer toque de queda de los últimos cuarenta años, contar aspectos cotidianos del conjunto y reír a carcajadas con uno que otro anécdota, contada por un individuo que estaba casi seguro era actor de televisión, y que había actuado casi veinte años atrás en la clásica serie “La Saga” de los Manrique, mientras que algunas mujeres nos traían con entusiasmo el tinto, y la  hermosa joven practicante de Medicina del Hospital San José bajó un equipo y colocó un excepcional concierto de música salsa, incluida el sublime, nunca antes visto y por siempre “Cali pachanguero”.

Coletilla: A las 3 AM, me despedí con una sonrisa y con un estrechón de manos de cada unos de los guardias, y al recorrer el pasillo al aire libre y rodeado de jardines, me iba saludando cálidamente con las personas que se concentraron en la entrada de cada torre, sintiéndome como nunca en una gran familia, que con los avatares diarios de mi trabajo en el Congreso, no me había fijado siquiera que existía.

Al entrar al apartamento, dejé en un lugar estratégico el palo de escoba, por si en cualquier momento volvía a necesitarlo, y antes de acostarme por primera vez le di gracias a Dios por el regreso a la normalidad… De repente, el silencio y la quietud del Conjunto Residencial, me propiciaron un agradable y profundo sueño.

 

 

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