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La embajadora

Por Jorge Duke Suárez

No tengo claro si Raquel Rubiano ya recibió su primer sueldo en su nuevo trabajo. Lo que sí sé, por buena fuente, es que compró cerca de 50 chigüiros de porcelana fría, armados con arpa y la bandera de Casanare; los repartió entre el primero y el octavo piso de la torre de 49 niveles en la que funciona, junto con otras entidades, el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo.

De hecho, un reconocido dirigente gremial de Casanare me cuenta que Raquel también cambió los refrigerios de varias de las personas más influyentes de esa cartera. Las cajas de productos estadounidenses —con _Cheez-It_ y _Pringles_— cedieron espacio a la piña deshidratada de Tauramena y al avío llanero de Maní, que ahora acompañan esas jornadas con hora de inicio, pero no siempre de salida.

Puede parecer una anécdota menor. No lo es. En una Bogotá donde las regiones suelen diluirse apenas cruzan la puerta de los ministerios, hasta una artesanía se vuelve un pedazo de Casanare en el alto gobierno.

Raquel Rubiano Barrera nació en Monterralo y creció entre Maní, Aguazul, Yopal y cuantos parajes de Casanare eligieron sus padres para establecerse durante las décadas de los setenta y los ochenta.

Así es su carácter: sonriente, supremamente bondadosa y muy inteligente.

Sin que esta columna se convierta en un anecdotario de asuntos personalísimos, supe la historia de una pareja que atravesaba una difícil crisis matrimonial y económica. Raquel se las arregló para subir a los dos a un avión rumbo a las playas de Cartagena, con todos los gastos pagos.

Dicen que los reconciliados llegaron a un restaurante de reconocido prestigio, acompañados por varias parejas con mayor holgura económica. Entre ellas estaban Raquel.

A la hora de pagar, Raquel le pasó al hombre, por debajo de la mesa, unos cuantos billetes enrollados para que no destiñera en una velada en la que había que salvar un matrimonio a toda costa.

Es apenas una historia dentro de su larga agenda de personas a las que ha servido.

Aunque no vive mal, tampoco posee una gran fortuna. Tiene, eso sí, un alma caritativa que va por la vida resolviendo afugias ajenas, incluso cuando nadie se lo pide. Durante la pandemia, esa costumbre estuvo a punto de dejarla en la calle.

Debo confesar que me preocupé cuando, a mediados del año pasado, me dijo que quería volver a participar en una campaña política. La conozco: cuando abraza una causa, le entrega tiempo, dinero, entusiasmo y cuantos recursos tenga a su alcance.

Cuando me habló de su intención de apoyar la campaña de quien hoy es el presidente, Abelardo De La Espriella, aquello parecía una utopía. En Yopal apenas comenzaban a asomarse algunos respaldos aislados. Una semana después, ya estaba conformado un comité para impulsar esa candidatura en Casanare.

Hoy, Raquel es alta asesora del ministro de Comercio, Industria y Turismo, Mauricio Gómez Amín. Un cargo público de ese calado debe servir justamente para eso: ser embajadora de la patria chica.

Al otro día de su posesión, dicho por la misma Primera Dama Ana Lucía Pineda, se fue con lista en mano donde la esposa del presidente, en una mano una carta de agradecimiento muy sentida y en la otra, presentó al menos 100 mujeres que la acompañaron en la campaña, letra Arial 20, en negrilla, con el título “Las Tigresas de Casanare”.

Está bien pensar en uno, es válido, pero es loable es que desde una posición de poder se piense en los demás, por encima de los deseos personales.

Casanare ha quedado relegado con demasiada frecuencia por los gobiernos centrales. Su peso electoral ayuda a explicar —aunque no justifica— esa indiferencia: el departamento reúne alrededor de 330.000 ciudadanos habilitados para votar, cerca del 0,8 por ciento del censo electoral nacional.

Es un caudal modesto dentro de una elección presidencial, casi la votación de una localidad de Bogotá. Por eso, que este gobierno quiera darles participación a personas de provincia, con más ganas que votos, parece una apuesta honesta y esperanzadora.

Rubiano entiende el sentido de ser servidora pública. Sirve al país desde el gobierno actual, con una enorme bandera de Casanare a cuestas y el título informal de “la cónsul de Monterralo”, que ostenta con orgullo desde el octavo piso del Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, a pocos pasos del ministro.

Ahora, cuando usted entre al despacho del ministro Mauricio Gómez Amín —uno de los funcionarios más cercanos al presidente—, encontrará un chigüiro que sirve de portavasos, paquetes de piña, bastimentos, un sombrero, un poncho y a una de sus más acuciosas colaboradoras, que no va a parar hasta que Casanare deje de ser uno de los “nunca” en un gobierno que prometió gobernar desde y para las regiones.

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