Arreglémoslo todo a balazos

John Alexander Díaz Ortegón

*Licenciado en educación, magister en educación, escritor, columnista y activista de derechos humanos.

@Johndaz988

Corre Benkos Bioho perseguido por la jauría asesina que va tras sus pasos, pues el esclavista no admite su fuga, se les debe a su reverencia y este solo quiere ser libre. Corre Lucas Villa, corre Santiago Murillo, corre Brayan Niño, corre Sebastián Quintero, corre Daniela soto que te siguen las balas, corre Alison que te violan como lo han hecho históricamente. Los tiempos han cambiado, todos estamos seguro de eso, pero las prácticas del esclavista han permanecido porque de cualquier manera les han dado resultado.

cada día a estas movilizaciones se le van agregando nuevas cosas que impactan directamente ­sobre la opinión pública que han servido para avivar las fuerzas de las movilizaciones, y les ha dado mayores argumentos a los manifestantes para mantenerse en las calles queriendo cambiar incluso con sus vidas, lo que ya para otros ha sido históricamente evidente: el hambre, la desigualdad, la pobreza, el descuido por años de un sector al que le ha quedado más fácil arreglar todo a balazos.

Avanzan las movilizaciones y con ellas un grupo de Quijotes con Yelmos y escudos improvisados cuyo destino fue construido para ir detrás de un sueño, quitarles de las manos a los corruptos el país que tiene secuestrado, conseguir una soberanía alimenticia que los provea a ellos y a los suyos del pan diario en la mesa, pelear contra los molinos de viento que protegen sin saberlo la máquina que explota pero no concede. Las dulcineas marchan junto con ellos, porque los tiempos han cambiado y la espera no otorga treguas.

Que a estas movilizaciones particularmente las han visto como enemigas de los derechos de las mayorías y las han puesto en total confrontación con quienes han visto los toros desde las barreras no es cierto, la verdad es que en Colombia la crítica, la discusión, la opinión diferente, la movilización, desde siempre se han señalado como cosa de subversivos, actos de rebeldes y acciones de gentes que no quieren que los demás progresen, aunque ese progreso se juegue a costa de sus propias vidas. Por la libertad asesinaron a Bioho, por la tierra a la Gaitana, por un país mejor para todos a miles de personas.  

Uno encuentra en las calles la ambivalencia en la que hemos vivido desde siempre, personas apoyando el paro pero a la vez criticando los bloqueos que evidentemente generan las movilizaciones porque cómo así que se para sin paro. Algunas respaldando el diálogo y a la vez la práctica de ejercer la fuerza como medida de dispersión; y otros haciendo marchas para que cese el paro pero criticando a su vez que la comida está costosa, que aquí no hay quien viva, que no hay oportunidades y que la juventud se está perdiendo porque no encuentran que hacer. Quejas nada nuevas.

Lo que es nuevo en estas movilizaciones, es que los enemigos que las fuerzas oficiales han tenido en el campo y las montañas, se les han trasladado a las ciudades en forma de ciudadanos, de jóvenes, de madres de familia, de padres cabeza de hogar y de estudiantes, a los que también se les ha puesto el rótulo de vándalos, de criminales, de enemigos de esta calma chicha en la que hemos vivido durante años los colombianos. -A los pobres siempre se les han puesto rótulos, porque simplemente no les gustan los pobres.

   Ellos, los mismos, los de toda la vida, la “gente de bien”, han calificado siempre de alguna manera a quienes no consideran como ellos. Antes eran indios, luego eran negros y si se escapaba cimarrones, luego fueron fulanos, ahora vándalos y dentro de poco serán terroristas, porque quien nombra señala, y el que señala pone su dedo inquisidor sobre el condenado.

Y así ha sido siempre en Colombia, unos que viven metiendo la cabeza entre la tierra para a cuidar sus huevos sabiéndolo todo, otros que se revelan confrontándolo todo, y unos que solo señalan porque saben que no necesitan sino nombrarlo para que sus jaurías vayan detrás de la nueva presa, tanto como en el tiempo de cimarrones, perro y amo, en la que escapar tenía como gran posibilidad la muerte, y quedarse, la muerte.

De tanto, no es nuevo que los impactos de las reformas tributarias sean un proyectil apuntado directamente sobre los que menos tienen, pues por un lado se le pone impuesto a la comida, a los servicios, a la gasolina que se les cobra mediante el transporte público y si se revelan, “bala es lo que viene, bala es lo que hay”. Y no es nuevo porque para todos es sabido que la distribución económica se ha venido haciendo entre las mismas familias y quienes han puesto los muertos de un conflicto armado de más de cincuenta años, han sido los mismos territorios, los mismos habitantes del campo y las montañas que en Colombia se han entendido como periferias de un centro que se mantenía con la cabeza metida entre la tierra como ya dije de esas aves para cuidar sus huevos y así poder comer.

Lentamente y desde un sufrido letargo histórico las personas se van levantando para oponerse a la injusticia de los mismos amos, con la diferencia que estos esclavos están dispuestos a todo porque no tienen nada que perder y esto es muy peligroso, porque ese binomio conflictivo de esclavo y amo hace rato que lo hemos superado en Colombia, porque son muchas fuerzas las que ahora confluyen las que están dispuestas a arreglarlo todo a balazos  porque asesinar lo sabemos bien, desaparecer lo aprendimos bien, hacer fosas comunes lo entendimos bien, torturar lo comprendimos bien, masacrar lo conocemos bien, hacernos los de la vista gorda lo practicamos muy bien, pues lo hemos vivido desde siempre y que siga la patria a balazos pero entonces no llamen a esto democracia.

Es por esto que quienes soltaron alguna vez los perros para que persiguieran a quienes consideraban sus esclavos, a quienes marcaron las carnes de los indios para que no se liberaran y que hoy libres entonces quieren balearlos, a quienes desde sus camionetas sacan sus pistolas para tratar de encuadrar de nuevo la historia en que perro, esclavo, libertad, amo y bala convivan sin inmutarse, porque esta calma chicha todos la seguimos bebiendo aunque también esté mal repartida.

Si se profundiza en la bomba social que ya explotó y que no se ha sabido llevar con concertaciones y con diálogo, las pistolas seguirán imponiendo sus agendas y la constitución seguirá sirviéndonos para recitarla en las disquisiciones de derecho, porque su cumplimiento seguirá estando aplazado. Al país no le conviene aplazar la muerte ciudadana para el otro día, porque las balas son como búmeran, una vez disparadas, seguro regresan, pero lo peor de todo ello, es que vuelven al que le caiga.

Aquellos que ahora perdieron sus ojos a las calles tendrán que volver, a quienes han quedado con lesiones físicas a las calles van a volver, aquellos que perdieron a alguien en las confrontaciones a las calles van a volver. Como hemos visto que cuando salió e hijo a marchar detrás salió su madre, luego vinieron los padres y los demás que todavía quedaban. Ahora en las casas ya no queda nadie porque todos se fueron a solucionar lo que no se pudo por medio del diálogo a balazos.

Seguramente los de los yelmos improvisados serán presionados para que ya dejen las marchas, para que se replieguen hasta irlos difuminando y callando su voz de protestan, volverán a sus casas, volverán a sus universidades, regresarán al rebusque, no se conformarán con las migajas que obtienen y su rebeldía permanecerá hasta construir esa tierra bien repartida que nos faltó replicar para todo el país.

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