El día que encontramos la dignidad

Por: John Alexander Díaz Ortegón

*Licenciado en educación, magister en educación, escritor, columnista y activista de derechos humanos.

@Johndaz988

La dignidad es uno de esos derechos que si no se comprenden bien, puede ser fácilmente vulnerada sin que nos demos cuenta. Toda una marcha y un relato por contar.

Corría el 2014 y nos vimos de nuevo luego de salir de una marcha convocada para protestar porque Teletón todavía emitía su programa y no queríamos seguir siendo parte de su show mediático, que recopila dinero del público para además de llenar sus arcas, generar lo que ellos dicen son procesos de rehabilitación para personas con discapacidad en Colombia. Ya estábamos cansados de que mientras ese programa se reproducía como un cáncer en todos los canales de televisión y en algunos programas de radio, a las personas con discapacidad en la calle se nos siguiera viendo como méndigos, como enfermos, como sujetos de caridad y que nuestros cuerpos siguieran siendo el referente de mal sanidad y desgracia, estereotipos que este programa ayudaba a reproducir y mantener; he ahí nuestra protesta.

Habíamos construido entre todos los argumentos para contraponer una campaña globalizada y que se difundía con facilidad -para ese momento sin tanto esfuerzo: la porno miseria y la mendicidad, son de esas fuentes que algunos se acogen para ganar adeptos, súbditos, dinero, sin tener que detenerse a pensar demasiado. La vulnerabilidad de la discapacidad no es algo que requiera mucho esfuerzo para ser presentada, y con el uso de la imagen contrapuesta a la normalidad de los cuerpos se valían para proyectar la sensación de tristeza, de malestar, de sufrimiento para ganar de apodos uno que otro centavo que se iban volviendo millones de a miles.

Su dinero no nos importaba, nuestra dignidad, la igualdad, el buen nombre, y quitarnos la etiqueta de mal sanidad, era la que nos traía hasta aquí y unirnos en una sola voz. Argumentos no nos faltaban, medios para explicar eran los que nos mantenían noches enteras pensando cómo resolver el problema de una buena comunicación, que permita que el público en general entendiera nuestros requerimientos y a nuestro nombre dejara de aportar en algo que nosotros no estábamos disfrutando. Cosa difícil pero que debíamos intentar.

Ahí todos nos llamábamos compas, bro, parce, entre otros calificativos que nos hacía más cómplice la aventura de ir contra la corriente. Los medios se prestaban para difundir tal proeza, y ese monstruo no era fácil de combatir, aunque mil argumentos. Nos quedaba construir entre todos campañas fuertes que permitiera llegar a la más grande cantidad de aportantes, y a reducir su difusión a como diera lugar: -Apaguen sus televisores, no donen nosotros no estamos pidiendo, no nos gusta la telemendicidad, queremos trabajo, estudio, dignidad e inclusión, no más Teletón, gritábamos por las calles del centro de las ciudades buscando ser escuchados. Ahí rompíamos con una tradición que mantenían las personas con discapacidad adultas, de convivir con lo indigno de ser usado y recibir miserias por ello. Los jóvenes no estábamos dispuestos a ser usados y menos a recibir de la mano del mismo verdugo sus limosnas.

La política había que cambiarla. De respaldo teníamos un artículo de las Recomendaciones del informe sombra para Colombia de la ONU, una carta escrita por el comisionado de ese organismo que ya habíamos ganado y un comunicado del presidente Santos haciendo un llamado a los servidores públicos a no donar. No había mucho, pero el juego estaba sobre la mesa.

Fueron más de siete años en los que nos mantuvimos en las calles, invitando primero a nuestra población a hacer conciencia y no participar en estos espacios de discriminación que se presentaban como filantrópicos, y luego hacer una gran campaña de alfabetización con los pocos recursos que teníamos para combatir contra un monstruo -Alguna vez en una entrevista dije que esto era una guerra entre David y Goliat, el  de las comunicaciones queriendo valerse de unos pequeños excluidos, discriminados y vistos solamente desde el enfoque clínico. -Antes les están ayudando, decían los que menos enterados estaban. Si ustedes no quieren recibir, al menos dejen que los demás que si quieren lo hagan, decían otros más atrevidos. Igual cuál daño les están haciendo, interrogaban otros, reafirmando la discriminación sin percatarse. Imaginarios sociales que permanecen profundamente incrustados entre la poca sapiencia y empatía sobre los otros que tenemos los colombianos.

Alguna vez, me valí pedagógicamente de un hecho histórico pero lamentable para hacer la siguiente explicación. En la época de venta y compra de esclavos negros, había vitrinas en las ciudades por las que pasaban los hacendados y en la que estaban metidos hombres, mujeres y niños negros. Las vitrinas son los televisores, la población negra que allí estaba cámbielos por personas con discapacidad… a los negros de aquella época los compraba el hacendado bajo una revisión que hoy fuera escandalosa: le abría la boca para revisarle los dientes, los hacía desnudarse para mirar cada una de sus partes y la fuerza de su musculatura, le inspeccionaba los ojos, las orejas que no le sangraran o le brotara postema, hacía que se inclinara, le examinaba las manos, los pies, y eran fácilmente rechazados o comprados por una pírrica cifra. Así, sin dignidad, con los derechos vulnerados y siendo menos valorados que un animal, era encadenado, sacado de su vitrina y arrastrado por su nuevo dueño hasta lo que fuera su nuevo lugar de trabajo.

 La nueva compra y venta del producto recaía en nuestra población. Se había diseñado en los años ochenta un programa televisivo que mostrando historias de vida de las personas con discapacidad, recolectaban dinero para las fundaciones y centros de rehabilitación que contaban con pocos recursos y menos ayuda estatal. Por ello se justificaba hacer campañas de recolección de dineros sin ánimo de lucro, para financiar los altos costos que tenían una rehabilitación, una silla de ruedas, un par de bastones o un procedimiento clínico. Pero ya en pleno siglo veintiuno, en pleno auge de las redes sociales, la independencia de las personas con discapacidad, la Convención sobre los derechos de nuestra población, con normatividad planteada desde lo social y enmarcados en los modelos sociales que ponen a la discapacidad que vive una persona en las barreras comunicativas, económicas, arquitectónicas de actitud de los otros sobre ella, culturales, y ellos queriendo vivir de estereotipos e imaginarios instaurados en la gente, pues no, ya la época había cambiado y por lo tanto las condiciones.

Se encontraron con una población más fortalecida, que tenía mayor comprensión de sus derechos y que estaba más apropiada de su condición y entendía más eso de la identidad, la dignidad y la explotación de la imagen. Así fue como dispuestos a querer cambiar sus condiciones en un país que reproduce los estigmas y mantiene la discriminación, movidos por la garantía de los derechos, ganamos un día buscando la dignidad. Ese programa por fortuna en Colombia ha dejado de reproducirse. Nuestros pares en discapacidad han dejado de ser utilizados para recolectar dinero, dejamos de hacer parte del show televisivo y pudimos encontrar como población un motivo para creer que se puede vivir de mejor forma sin tener que vender la dignidad. Día   

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