Por qué la búsqueda de la sanación por discapacidad puede llegar a ser excluyente

Por: John Alexander Díaz Ortegón

30 de marzo de 2021

*Licenciado en educación, magister en educación, escritor, columnista y activista de derechos humanos.

@Johndaz988

No se me hace extraño que en semana santa se vean más personas con discapacidad moviéndose por lugares públicos, yendo hacia los templos religiosos, visitando monumentos de santos que prometen la redención de las enfermedades y las discapacidades, y para ello incluso hoy, todavía se someten a hacer lo que sea por la promesa de ser curados.

En otros tiempos cuando visitaba Monserrate, podía ver a muchas personas a las que les faltaban las piernas arrastrarse por las escaleras buscando alcanzar su objetivo… el templo que está sobre la gran montaña. A ciegos mendigando a consecuencia de su condición, a personas sin brazos, con enfermedades huérfanas, con discapacidades intelectuales, con características físicas distintas a las normalizadas siendo exorcizados para echar fuera “los demonios que mantienen los cuerpos atados a la enfermedad”. Y no es Dios el que los ha abandonado, es el estado que no cumple con la garantía constitucional de promover una economía más social y por el contrario, menos bancaria.

Saltaba agua bendita sobre las cabezas de los enfermos, se imponían las manos sobre los cuerpos “insanos”, se escuchaban llantos y quejidos de los demás que allí permanecían agitando su fe para ayudar a sacar el maleficio. El discapacitado seguía expuesto como en los tiempos de Jesús ante la palestra pública. Fuera, fuera, fuera, serás sanado en nombre del señor. Fuera Satanás. Eran las oraciones que se reiteraban para volver al cuerpo ahora diverso normalizado, a que regresara al patrón corporal edénico: dos piernas, dos ojos, dos brazos, dos oídos, una cabeza, un solo cuerpo, hombre y mujer. Lo contrario es disfunción expulsada del paraíso.

Hoy en día no dejo de ver algo distinto. Todavía voy por la calle con mi atribución física de no ver y no faltan las invitaciones. Oiga ¿conoce usted del señor? Comienzan algunos. ¿Quisieras alguna vez verte conmigo y te presento a alguien que te ama? Me prometen otras. ¿Sabías que alguien quisiera darte algo que tu deseas? Querían convencerme otros, y uno ya a punto de entregarse, a la vez que resuena el nombre de alguna iglesia. Jesús de no sé qué, Manantial de no sé cuándo, Corazón de Jesús de… Mi entrega pasaba a millones de kilómetros del amor terrenal a una especie de amor divino que el evangelista me aseguraba. Escuchaba en silencio mientras la promesa aumentaba: tendrás todo lo que necesitas para tu vida, serás sanado, recuperarás tu vista, tus piernas recuperarán el movimiento, tus oídos empezarán a escuchar sonidos, tu voz regresará, tu entendimiento recuperará la normalidad y ahí fue… Volverás a la normalidad. Grité.

Sin embargo, seguir dejando a las personas con discapacidad a la obra y gracia del señor a que sean sanados, es generar una especie de exclusión porque a su vez estas personas con promesa a bordo todavía están siendo ocultos por sus familias, son llevados a los templos buscando  su sanación, hacen parte de la promesa de los santos y son también en muchas ocasiones la justificación de por qué se debe estar con el señor: para no parecerse a ninguno de los que allí sobre expuestos van a ser sanados. El inconveniente que aquí aparece no es por la sanación en sí misma, sino por generar una esperanza que promueve la negación de sus propias condiciones, la desaprobación de su corporalidad diversa, el auto saboteo que no permite reconocerse en formas otras de ser, vivir, estar y pensar.   

Aunque los cuerpos normalizados como fueron diseñados según la historia religiosa desde  el jardín edénico sigan siendo el referente para medir a los demás cuerpos, aunque la colonización haya echo lo suyo y los estereotipos que cumplen unas características determinadas sigan reforzando las formas de ser, de comportarse, de decir y de pensar, también hay cuerpos diversos, con atribuciones propias con garantía a desarrollarse a su propia manera que requieren las garantías para poder vivir en igualdad de condiciones que las demás. También hay quienes con lo que tienen quieren construirse un futuro para compartir con los suyos, también quieren trabajar, estudiar, manifestarse, hacer parte del cúmulo social y comunitario, aunque todas las semanas santas sean expuestos ante los fieles para haber si se cumple el milagrito de no ser tan diferente. -Es bueno ser diferente me decía un amigo, pero no tanto, loco, como ya ser ciego o mudo o discapacitado-. Requerimos de una iglesia más abierta que logre entender que los cuerpos nunca en la historia de la humanidad han sido los mismos, que existen atribuciones físicas diversas que enriquecen la humanidad misma, distintos colores de piel, distintas formas físicas, distintas sensorialidades, diferentes maneras de vivir que no son las mismas del estereotipo edénico de Adán y de Eva, quienes por poco eran fisiculturistas.

Resignificar el comparativo edénico en el que la gran mayoría de la humanidad está excluida, nos permite reconocer mejor las condiciones propias de cada una de las personas y los ajustes adecuados que hay que construir, para que de a pocos y progresivamente vayamos teniendo un mundo más incluyente. No se trata por su puesto de que la fe no sea un elemento propio de las personas, sino que por el contrario por su práctica termine dejando a tantos al lado del camino, sin la oportunidad de diseñar su propio horizonte. Es importante que quienes orientan las espiritualidades de tantos, también tengan en cuenta los derechos de todos y las garantías de poder vivir en la diferencia y en la diversidad, porque al igual que en el amor de dios todos somos iguales, de la misma manera se debe implementar en la ley. Son muchos quienes todavía hoy esperan su sanación sin avanzar en la construcción de su propio proyecto de vida, y esto claramente detiene significativamente el avance de la humanidad. Ver los atributos que tiene cada persona solo por el echo de serlo, permite avanzar en la comprensión también de la espiritualidad más allá de lo terrenal.

Un día me confesó otro amigo con discapacidad el préstamo que hacía de su propia persona para hacerse pasar por ciego y volver a ver caminando entre las multitudes utilizando sus ojos desviados y su baja visión. Aunque la iglesia en todas sus manifestaciones a lo largo de la historia ha acogido a os enfermos, las personas con discapacidad, a los excluidos, a los empobrecidos en sus lugares de hospicio, también esto ha permitido que sus cuerpos no se hayan desarrollado en comunidad y terminen siendo todavía hoy un espectáculo para muchos otros. Esa exclusión para ayudar, ese encerramiento para cuidar, junto con el discurso de sanar a los más desprotegidos, a los insanos, a los diferentes, no dejó que estas poblaciones formaran juntanza, desarrollaran comunidad, se afianzaran con los demás, por medio de la interacción y el compartir cotidiano que fomenta formas de inclusión pragmáticas que cotidianizan las condiciones y hacen de la inclusión un discurso. Que la fe nos permita encontrarnos en la diferencia y no clasificarnos por características físicas, preceptos o formas otras de vivir se hace el camino para que la inclusión no termine siendo regalada por algún Judas Iscariote.

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2 comentarios

  1. Angélica Jerena

    ¡Que buen artículo!

  2. Sonia Hernandez Becerra

    Grandes palabras!! Que buen articulo. Para que el mundo entero lo lea. Un abrazo John de parte de Sonia ex SED-DIIP

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