Bailemos mientras la Sopa de Wuhan

Por: John Alexander Díaz Ortegón

Licenciado en educación, magister en educación, creativo literario, columnista y activista de derechos humanos.
@Johndaz988

Ahora que el Coliseo romano vuelve a ser noticia mundial por aparecer de nuevo completamente desocupado, cuando Francia anuncia una tercera cuarentena por las nuevas olas del virus, Brasil reitera ser  noticia mundial por el mal manejo que le ha dado a la implementación de medidas de bioseguridad para mitigar el riesgo de contagio, Jair Bolsonaro se ratifica en la falsedad del virus mientras el día a día es cada vez más caótico entre los brasileros, mientras el pulmón suramericano está siendo engullido por las mafias terratenientes y del narcotráfico, al ver ante los ojos de todo el mundo el paupérrimo repartir de las vacunas distribuidas entre los países más ricos del mundo y la mayoría que son los pobres esperan dádivas y la oportunidad en el turno de los laboratorios, mientras vemos cómo algunos gobiernos compran armamento y aviones de guerra al tiempo que su población está siendo masacrada, transita entre el rebusque diario y se ahoga entre la delincuencia común, las drogas y el hambre agazapada entre muros ¡pues bailemos!

  El viernes en la noche me llama un amigo que a dónde estaba, que si nos tomábamos una y que por qué era tan amargado, que me fije que el mundo se va a acabar y que por eso hay que bailar. -yo me lo sabía con tirar-.

Por supuesto, le dije sin pensarlo. Acabo de pedir unas polas, pondré un poco de música, me pondré mi mejor vestido, los zapatos bien lustrados, el Baby boy sobre las solapas, tapabocas, el peinado hacia el mismo lado y bailaré, bailaré en la oscuridad, bailaré en las calles como dice la canción o sobre el capó de un carro al estilo Michael Jackson en Smooth criminal. Pensé luego en la CUIDADANÍA que habláramos alguna vez con el profesor Bladimir Zabala, la ética del cuidado y el cuidado como propuesta política entre alguna de las campañas electorales en las pasadas elecciones a alcaldías. ¡Que me importa todo eso ahora? Reflexioné exclamativamente mientras seguía preparando mis ajuares para el baile.

Limpié el apartamento profundizando en lo visible y con desinfectante, descolgué lo del tendedero y guardé todo lo que pudiera causarme pena y lo dejé listo todo para que vinieran los danzarines. Mi amigo baila muy bien, hace el pico del loro en la salsa, dobla rodilla con el merengue, levanta talón con la charanga y menea la cintura con el perreo intenso. Tengo unos amigos que como el presidente de la república, tocan la guitarra, canturrean y conversan en inglés: ellos vociferan hasta la risa. También llevan “saludes”. Para el plan cuento con un par de amigas que prometen noches agradables: conversan incluso solas como pacifistas sin proceso, se bailan un bombardeo, perrean en caída como la economía y el presupuesto nacional, desocupan botellas como PIB por los corruptos, modifican los hechos al otro día con tanta facilidad que les decimos de cariño las fiscalía y lo mejor, juegan a cambiarse las prendas de la ropa al mejor estilo “falso positivo”; eso sí, nunca pero nunca se ponen las botas al revés por más que borrachas. Esperen, no las denigro, se leen hasta el libro de la Primera dama sin pudor y saben de todo hasta lo que no entiende el congreso.

Faltaban cinco para las doce y al contrario de Cenicienta, yo salía a buscar mi fiesta. De la Sopa de Wuhan se estaba haciendo un especial por algún canal internacional, que los murciélagos, que el pueblo de Wuhan, que la sopa. Apagué.

Todo estaba dado, la noche sin luna, las calles solitarias, la lluvia cayendo, el frío calando los huesos y mis amigos todos enrumbados hasta los vómitos no dejaban de llamarme.

Llegué pronto a la fiesta. Acababa de ver en el repaso de las noticias que se venía una tercera ola de la pandemia y en Europa algunos países ya estaban tomando medidas para un nuevo confinamiento, las muertes en Brasil se veían al tope en los cementerios, Ecuador, Colombia, Brasil entre otros países de la región no estaban avanzando significativamente en la vacunación, aquí las EPS estaban inyectando innovadoras dosis de aire, se completaban 18 masacres y bomardeos a niños y la gran mayoría del narcotráfico de la región sale de nuestro país y el informe de la JEP confirma 6402 casos de crímenes de estado y el Ministro adjetiva máquinas de guerra y un pueblo fue desplazado por la guerra entre mafias y entre fuerzas armadas y bandas criminales y crece en millones de familias la pobreza y se quiso dar golpe de estado por medio de ley que pasaría por el congreso y  un nuevo feminicidio y se entregan libretas militares a discapacitados y Providencia en el olvido luego del huracán y víctima de atraco con cinco puñaladas y cae red de delincuencia organizada por policías y que Songo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernabé, Bernabé le pegó a Muchilanga, Muchilanga  le echó a Burundanga les hincha los pies, la música sonaba, golpeé.

¡Hola amigo John! me dijo uno al mismo tiempo que me rodeaba con su brazo la espalda invitándome a seguir. Mientras entrábamos, iba bailando a la vez que pedía una bien fría para mí. ¡Uuuu! resonó por encima de la música el bugido de todos al ver mi llegada. ¡Ahora si se puso bueno esto! dijo el otro como una letanía que se repite a cualquier recién llegado. Uno, dos, tres, cuatro besos con abrazo, una, dos, tres manos saludándome y ofreciéndome un sitio para sentarme y mesa, mesa, mesa que más aplauda le mando le mando le mando a la niña, za, za, za, yucusá, acusá, sa, sa, sa, cuatro, siete, nueve cervezas y Eran las cinco e la mañana, cantaba Juan Luis Guerra. Jueputa, los tapabocas, llegó la policía.

El guayabo era enorme. Yo no sabía de quien eran todas esas botas tiradas por ahí, quien ahora mandaba este país, por qué todos esos cuerpos yacían tirados por todo el apartamento como niños en campamento sin dios ni patria, por qué nos habían desalojado de esa manera y nos desplazaban dejándonos solo con lo que teníamos puesto, por qué mis bolsillos estaban más limpios que el PIB, miraba entonces yo para todo lado cuando sentí venir al Checho cual máquina de guerra ofreciéndome otra cerveza para el guayabo nacional que tenía y robándome toda paz, toda calma. Me levanté ya porque me dijo que todos los otros estaban a fuera en la calle bailando ya porque al fin les había aliviado la robada y el guayabo, una buena sopita de Wuhan.

Nada por hacer, me dije y me dejé llevar por las mayorías, el baile, el importaculismo y el olvido. Nada que una sopita no alivie. ¿y el país? Me lo perree con mis amigos.

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